Mostrando postagens com marcador Paulo Cesar Corrêa. Mostrar todas as postagens
Mostrando postagens com marcador Paulo Cesar Corrêa. Mostrar todas as postagens

domingo, 16 de outubro de 2016

Las palabras que me solías decir - Paulo Cesar Corrêa

 “Te quiero”
Estas son las palabras que María solía decirme cuando caminábamos tomados de la mano por las calles de Barcelona mientras comíamos un helado de Vioko. Éstas son las palabras que me susurraba después de pasar días felices en la playa de Barceloneta o con nuestros amigos en Sant Miquel. Me las gritaba cuando en la moto, salíamos a toda velocidad por la Passeig de Colom, bajo las miradas acusadoras de personas que ya se habían olvidado la belleza de amar. 
Pero no más. Ahora la veo con las manos más hermosas del mundo en la solapa de la chaqueta de otro hombre, una sonrisa en la cara y los ojos brillantes, diciéndole las palabras que me solía decir. 
Aún me quedo mirándola. Ha cambiado, pero todos cambiamos ¿verdad? Lleva más maquillaje en la cara que cuando la conocí, tiene el cabello más largo y quizás haya crecido un poco también. Pero hay algo más, algo interior. Quizás el hecho de que esté mayor y no tan ingenua como hace tres años. Ella lo besa y si hubiera un Dios en el cielo, no la dejaría hacerlo. Si hubiera un Dios, le recordaría todos los momentos que vivimos juntos, de todo lo que compartimos. 
El tipo le da una cachetadita en el culo y ella se ríe. María se aleja de él, yéndose en la dirección del portón de su casa. Los dos tienen una expresión bonita en la cara y con un grito feliz, María le dice las otras dos palabras que me solía decir. Las palabras vestidas de una esperanza y de un futuro: Hasta mañana.

(...)

La calle está vacía, bueno, hay uno que otro perro caminando, pero no se ve nadie. Puedo ver la ventana de la habitación de María, la luz está encendida. Ella vive en una casa de dos pisos, pintada de marrón y blanco, con un jardín que embellece la parte delantera de la casa en donde se ven las rosas que plantamos en un día de verano, en compañía de mi hermana, Lea y su novio. Ellos llevaban cinco años juntos, una historia de amor que sólo se ve en las películas de Nicholas Sparks – una de esas tan melancólicas que te dan ganas de morir. Fuimos a la Basílica de la Mercè y después, almorzamos una comida mexicana en Señor Burrito, recuerdo que la comida estaba para chuparse los dedos y a María le había encantado la decoración del restaurante, “Una pasada”, decía ella. 
¡Hostia! ¿Por qué todas estas cosas me vienen a la cabeza ahora? Una vez, un chico brasileño me dijo que a la memoria le gusta mantener las cosas que hacen sonreír al corazón. Un día todo eso me hizo reír, pero ya no. Me cagué en todo, ya no tengo más a mi hermana y tampoco tengo a María.
Pero ¿Qué pudo ser tan terrible como para haber perdido todo? Quizás esta sea su pregunta, querido lector. Bueno, creo que lo que dice San Pablo en el libro de Gálatas: “todo lo que el hombre siembre, eso también segará”, es verdadero.
Hace tres años, yo no era el hombre lleno de arrepentimientos que soy ahora. Tampoco me importaba lo que pensaran los otros, sólo me apetecía salir con mi pandilla, Los Águilas. Éramos como que un mito en Barcelona, nos conocían todos, éramos temidos. Es bueno eso: ser temido, pero solo por un tiempo. Después, cuando creces, te das cuenta de que todo lo que quieres es paz y alguien con quien disfrutar un buen vino. 

Era un viernes soleado, mi moto estaba en el taller y mi hermana me había pedido que la ayudara con su nuevo proyecto en la oficina de arte donde trabajaba. No importa si tú eres un violento y un joven rebelde, cuándo tu hermana te pide algo, tú lo haces, es instintivo.
Subí en el bus que iba en dirección al centro, donde quedaba el trabajo de Lea. Haces de luz entraban por la ventanilla, una niña lloraba no se sabe el porqué, un hombre con una chaqueta hablaba en el móvil, una pareja de adolecentes compartía un auricular, escuchando las canciones más románticas para ellos; un chico canturreaba algo que me parecía una cancioncita de Quique González − después de un tiempo escuchándolo me di cuenta que era Piedras y Flores. Pero mis ojos se detuvieron en una chica cerca del conductor: llevaba una falda azul transparente y una camisa blanca, el pelo rubio le daba una apariencia angelical, cayéndole por sus hombros y el cuello. Tenía las piernas más bonitas que había visto ¡Que raro! Si estuviera cerca de ella ¿Le habría notado las piernas? Algunas veces, sólo notamos las mejores cosas de una persona cuando la vemos desde lejos. 
¡Guapa! Yo grité, ¿Quieres compañía?, Ella no me escuchó, me acerqué y una vez más grité: Oye, guapa ¿Quieres compañía?
La chica me miró enfadada y con un derechazo me golpeó en la cara. 

(...)

− ¿Te dolió la cachetada? – Mi hermana se echó a reír cuando me vio con la mejilla roja. 
− Un poco − Pero la verdad, me ardía como el fuego. 
− ¿Se puede saber por qué te pegaron?
− Solo quise ser un buen chico y hacerle compañía a una chava. 
Lea me miró con las cejas levantadas, creo que en su cabeza ella estaba pensando “Que tipo tonto ¿Es mi hermano de verdad?”.  
− ¿Y era guapa? – Me preguntó mientras se ponía los guantes. 
− Bueno, las piernas eran una maravilla. − Yo le sonreí.
− Eres un tonto.
Trabajamos un rato sin hablar, estar con Lea me hacía ser diferente, cuando estaba con ella el tipo violento y temido simplemente no existía. El nuevo proyecto de ella consistía en hacer ocho pinturas originales representando la regresión humana, desde la paz del Edén hasta los días de guerra en que vivimos. Cada pintura tenía dos metros de altura y tres y medio de ancho. Lea me dijo que había contratado a una aprendiz para ayudarla.
− Creo que va a llegar pronto, me dijo que llegaría un poquito tarde porque tuvo un problemita en el bus en el que estaba.
− Que clase de problema – Pregunté, tranquilo.
− Un idiota la estaba molestando, según ella, bajó del bus y se fue a la delegación de policía para presentar cargos contra el hombre. 
¡Hostia! ¿Cuáles eran las probabilidades de que eso ocurriera? Traté de tranquilizarme, pero cuando oí una voz de mujer detrás de mí diciendo “hola” para mi hermana, supe que era ella. 
Y fue así que conocí a María. 

(...)

Ahora debes estar muy confundido, ¿Verdad, lector? Tu pregunta debe ser algo así “¿Y cómo vosotros salisteis del rencor al amor?” Bueno, eso es sencillo: la línea entre las dos cosas es muy frágil, empiezas a conocer de verdad a la persona y descubres que tienes los mismos gustos que él/ella. No fue fácil con María, tengo que admitir que en muchos momentos ella era la chica más tocapelotas y aburrida del mundo, pero algo en ella me hacía querer conocerla mejor. Quizás el amor por la vida y por las cosas simples. Es necesario valorar las cosas simples y aunque yo fuera un rebelde y gilipollas, a mí me gustaba disfrutar de la tranquilidad y la belleza en la simplicidad de algunas cosas, como tomar un café en DelaCream, cerca del Museo Picasso de Barcelona o mirar las olas de la playa, blancas y salvajes. 
Un helado aquí, un café allí. Una invitación para una corrida de motos, encuentros casuales en Razzmatazz en las noches de sábado, una cena en un restaurante chino y puff, nació un sentimiento. Poco a poco, nos entregábamos a una nueva sensación, llena de sonrisas y satisfacción. 
Creo que ya has estado enamorado ¿No? Todos ya lo hemos. Primero empiezas a creer que la persona amada es tu universo, el primer pensamiento del día, justo cuando despiertas, lo dedicas a la chica que quieres, después te preguntas que está pensando y que está haciendo, entonces te dan ganas de llamarla y escuchar su voz, su risa, sus resoplos y te pones a imaginar las muecas que hace al otro lado de la línea. 
Sí, siempre existen los momentos de tensión, cuando los dos no concuerdan con algo o cuando él cree que ella lleva una ropa muy escotada o cuando a ella le parece que la mirada que él da a una chica es más demorada de lo debido. Pero, como dice Salomón, “hierro con hierro se aguza; y el hombre aguza el rostro de su amigo”. Las pequeñas peleas son importantes para una relación, la mejoran y te tengo que decir, lector: echo de menos estas peleas. 

(...)

Carajo ¿Por qué dejo que estos recuerdos lleguen? Son una bendición, pero también una maldición. Ya no quiero acordarme de la primera vez que nos besamos en un concierto de U2. Tampoco quiero recordar cuando nos fuimos a Valencia a visitar a sus padres y como estuvo de la hostia cuando andamos los cuatro en cicla con el Mediterráneo como testigo de nuestro amor. Aún menos quiero recordar cuando mi hermana sufrió un accidente con su coche, como echo de menos a mí Lea… si pudiera, le pediría a Dios para que me llevara, pues no puedo soportar más esta vida, pero esto sería egoísta. 
Ya no quiero pensar más en María, en como la perdí. Ella me había pedido razonar mejor las cosas, ser menos agresivo, pero ¿Cómo podría estar tranquilo? Mi hermana estaba muerta, mis ansias por caer en las hostias con alguien eran muy grandes. A mis padres no les importaba, ya estaban felices, ya salían con su pandilla de viejos a jugar póquer o algo así. 
Era un miércoles. Barcelona y Real Madrid habían jugado, la ciudad estaba hecha un caos. María me esperaba en el salón de belleza, me había dicho que se quería cambiar el peinado, pues el que tenía ya estaba “out of fashion”. Como me encantaba cuando ella decía las palabras en inglés con su inconfundible acento catalán. Debía recogerla a las ocho de la noche, pero nunca aparecí. Estaba en la delegación de policía porque había golpeado a un tipo en la cara ¿Por qué? Simplemente por ser un mal conductor. El tipo tenía un Audi A4 azul, muy bonito, pero ¿Para qué un coche de la hostia si conduces peor que un niño de tres años? 
El hombre de unos cuarenta años tenía una botella de Heineken en una de las manos y en la otra un cigarrillo. El semáforo estaba en verde pero él no se movía, toqué la bocina como que tres veces y nada. Bajé de mi moto y me fui hacia la ventanilla del coche. El mamarracho estaba tranquilo, como si nada estuviera pasando, la rabia hizo la sangre subir hacia mi cabeza, rompí la ventanilla del coche y el tipo, asustado, me miró por primera vez. 
− Desgraciado ¿Qué hiciste con mi coche? 
Fue la última cosa que dijo aquel día. Le golpee tanto en la cara, en la barriga, le rompí la nariz y tres costillas. Algunas personas pasaban pero no tenían la valentía de pararme, una mujer gritó “llamen la policía” y lo hicieron. 

(...)

María apaga la luz de su habitación, la echo de menos. El sonido de su risa, el brillo de sus ojos. Lo sé, fui un imbécil. María fue solo una vez a la cárcel para visitarme, dijo que nunca más quería verme en su vida, dijo que todos estaban en los cierto acerca de mí, que mi hermana tenía suerte de estar muerta para no verme en la cárcel. La escuché y la miré, pero no hice nada, ella tenía la razón.
Las estrellas brillan en el cielo y sus parpadeos me encantan por un rato. He salido de la cárcel hace una semana y echaba de menos las maravillas de la naturaleza. Miro una última vez la ventana de María, intento recordar su voz, es bella y ahora, la única cosa que quiero recordar, es a María diciéndome “te quiero” una vez más.

sábado, 13 de agosto de 2016

Quatro passos até ela - Paulo Cesar Corrêa

Álvaro relia, cada vez mais atento, o excerto de um poema de Pablo Neruda que estava escrito à caneta na contracapa de um livro que ganhara de presente. Normalmente, as pessoas escrevem declarações que vão te deixar animado ou feliz, afinal de contas, os presentes são para isso.
Recordava-se perfeitamente bem da cena: era sua despedida de solteiro. Algumas bebidas, música alta, conversa fiada. Ariel estava ao seu lado, um embrulho na mão. Disse que era um presente valioso para o futuro. “Para quando te deixe aquela zorra”, falou com um forte sotaque andaluz, entregando sua origem sevillana e depois, desatou-se a rir.
Todos ao redor riam. Tinham por certo que aquele matrimônio estava destinado ao fracasso mesmo antes de começar. Mas Álvaro não cria assim. Era crente demais no amor. Ou talvez cego demais. Abriu o embrulho, descobrindo um livro. “Que idiota”, pensou. Quem dá um livro de presente numa festa de despedida de solteiro? Passou os olhos no título: 4 passos para se reerguer depois dos chifres.
Que droga de livro era aquele?
Leu mais uma vez a citação na contracapa. “É tão curto o amor, tão longo o esquecimento”. Ariel deve ter passado horas na internet buscando essa frase. Ele não fazia o tipo que lia Neruda.
Deixou o livro na mesa de centro da sala e se levantou. Olhando ao redor,  podia perceber o quanto a casa havia mudado; a ausência de Daniele enchia os cômodos. Ao se pegar desta forma, Álvaro se lembrou de uma pequena crônica – mais para uma prosa poética – em que Dalton Trevisan narra a falta de sua “senhora”. O vaso de plantas que ornamentava uma esquina da sala já não existe mais. O frescor de uma casa limpa havia dado lugar a um cheiro de murrinha. A geladeira, que antes vivia cheia de legumes e frutas, transbordava de hambúrgueres Hot Pocket da Sadia. Talvez comesse um antes de dormir.
Por que ela o havia traído? Tinham construído uma boa vida juntos ao longo dos cinco anos de casamento. Um apartamento, carro, viagens caras de férias, plano de saúde. Os filhos não vieram por culpa de um nódulo no útero de Daniele, mas há algum tempo vinham discutindo a opção da adoção. Era como se a história deles fosse uma declaração de amor escrita na areia da praia, que logo desaparece quando sobe a maré.
Mas também tinha sua parcela na culpa. Gastava horas na agência de publicidade e, vez ou outra, levava trabalho para casa. Ademais, havia relaxado na aparência: não estava gordo, pelo contrário, parecia um esqueleto. Estava careca, a barba já com pontos grisalhos. Seu guarda-roupa havia parado nos anos 90, com raras mudas modernas.
Álvaro foi à geladeira, pegou uma Schweppes e, após dar um gole, voltou à sala, ao sofá, à mesa de centro, ao livro. Lembrou-se de Ariel. Aquele andaluz o havia avisado. Todos o haviam, mas, como disse Rubem Alves, todo apaixonado é tolo, sempre dizendo “o meu caso é diferente”.
Abriu o livro, lendo, pela enésima vez, o trecho de Neruda. Aquela frase era verdadeira na sua vida. O amor entre eles havia sido curto, mas o período de esquecimento estava se tornando fastidioso, mais longo do que ele gostaria que fosse. Já se haviam passado seis meses de luto e melancolia e algo deveria ser feito. No momento, a única ideia que o veio à cabeça foi ler o livro.
Mas não…
Ele não podia se entregar a tal coisa, a um livro de autoajuda. Porém, ao lembrar que, a essa hora, Daniele podia estar se divertindo com aquele desgraçado, Álvaro decidiu que a recuperação seria sua vingança.
Ao virar a página para começar a ler, Álvaro pensou: “Que seja!”
(...)
Passo 1: Extravase sua raiva com um grito
“A catarse. A liberação das emoções e tensões reprimidas.”
Assim começava o primeiro passo. A Álvaro, tal ideia o pareceu uma tonteria. Havia sido ensinado a engolir a raiva, a sorrir mesmo quando estivesse prestes a explodir.
Mas não podia recusar uma chance de, por fim, por para fora aquele nó que estava preso em sua garganta. E era algo simples. Mais fácil do que mergulhar sete vezes no Rio Jordão para ser purificado da lepra, como teve de fazer Naamã, comandante do exército sírio.
Álvaro foi à sacada. Percebeu que o céu carregava uma nesga de lua e que estava pintado com uma aquarela de cores com várias nuances de azul. Ficou ali um tempo, a contemplar; a se preparar para o grito, para a catarse. Mas antes, algo o pareceu deter, a boca entreaberta. Fechando os olhos, Álvaro sussurrou algo, como se estivesse jogando versos ao ar, esperando que o vento levasse seu sussurro. “Posso escrever os versos mais tristes essa noite: eu a quis e ela, às vezes, também me quis a mim”. E ao terminar essa frase, gritou com todo o seu ser, deixando jorrar a raiva e a melancolia que afogavam sua alma.   
(...)
Passo 2: Deixe de ser o idiota que era e dê uma reciclada

Álvaro parecia ter 25 anos sem barba. Nada mal, pensou. Enquanto tomava banho para ir ao trabalho, fez uma nota mental das coisas que teria de mudar para deixar de ser idiota. Suas roupas, logicamente, estavam no topo da lista. E se não quisesse ser um magrelo com barriga, teria de largar mão de comer esses Hot Pockets e ingerir coisas mais saudáveis.
Vestiu o blazer mais arrumado que tinha sobre uma blusa cinza. Pôs-se uma calça jeans semi-desbotada e um par de mocassins pretos. Olhando-se no espelho, não parecia tão mal assim.
Já no carro, em direção à agência, se pôs a lembrar da noite anterior e do grito de liberdade. De fato, um peso havia sido tirado dele e, se soubesse que seria tão simples se livrar daquele incômodo, já o haveria feito antes.
Ligou o rádio. Músicas aleatórias eram tocadas, passando por vários estilos, desde blues até sertanejo universitário. O trânsito estava lento, mas, por sorte, o dia não estava abafado e Álvaro ainda tinha tempo de sobra até chegar ao trabalho.
Começou a observar os detalhes da cidade: calçadas desuniformes, carros de todas as cores e marcas. Uma senhora andava com uma sombrinha aberta, protegendo-se do sol. Mais à frente, um viaduto se mostrava, também cheio de carros buzinantes, impacientes com o engarrafamento. Há muitos muros pichados também; a maioria das pichações são de teor anti policial ou declarações de amor adolescentes. Havia até uma citação de De Musset: “Qualquer que haja amado, possui cicatrizes”. Álvaro se riu por um tempo, voltando sua atenção para o trânsito.  Lembrava-se dos poemas de De Musset; lia-os, vez ou outra, para Daniele, no início do relacionamento.
“Cicatrizes”, ele pensou. Existe algo de interessante nelas. São como um sinal de alerta de que algo mal aconteceu. Mas o mais bonito de tudo é que, por mais que haja doído muito, no final de tudo, fica apenas uma marca indolor que faz com que se pense duas vezes antes de se arriscar.
Álvaro sentiu o celular tremendo em seu bolso, fazendo-o sair de seus devaneios. Se atrapalhou um pouco ao tentar pegá-lo. Era Ariel.
— Fala… sim. Claro. Sério? Bom, fico feliz. Inês deve estar animada. Quem sabe não os visito um dia lá?! Sim, tudo bem. Obrigado por compartilhar... Ah, a propósito, você tem algo programado para hoje à noite? Estava pensando em dar uma reciclada no guarda roupa. Quer tomar uma cerveja hoje depois que eu voltar das lojas? Assim elimino dois passos daquele livro. Sim, o li.... Você é um idiota.
(...)
Passo 3:  Largue o sofá e saia com um “bro”

— Então vai voltar mesmo para Sevilha?
Após terminar de comprar roupas que fossem do século XXI, Álvaro se encontrou com Ariel no Aloha’s para conversar e tomar umas latas. O bar ficava numa avenida movimentada. O seu interior era mal iluminado e, naquela penumbra, a visão ficava descansada, dando uma sensação de relaxamento. Havia duas mesas de pool no canto. Universitários apostavam cem reais para ver quem ganhava uma partida.
— Bom...só se você me prometer que não vai chorar. — Ariel riu.
— Você é um id...
— À propósito, na próxima vez que quiser me insultar, pense em algo mais criativo que “idiota”. Você fala demais essa palavra. — Tomou um gole, esperando Álvaro absorver seu conselho. — Escuta, vou te ensinar uma nova. Toda vez que eu for um imbecil, me diga: tu eres un gilipollas. Assim você não fala palavrão e está me insultando ao mesmo tempo. Genial, não? — Ariel mostrou seu sorriso amarelado e depois, esvaziou seu copo.  
— Não vou chorar. Mesmo que você seja um gilipollas, vai fazer falta aqui.
Conversaram por mais meia hora, falando sobre o trabalho, a tabela de classificação do campeonato nacional de futebol, a mudança de Ariel, como levaria seus pertences para a Espanha, e outras tonterias que não valem a pena serem escritas.
— Quer jogar contra aqueles riquinhos que estão na mesa de pool? — Ariel perguntou, apontando para dois jovens vestidos com camisa da Lacoste e relógios Rolex.
— Faz mais de cinco anos que não jogo e esses caras só jogam apostando. Certamente vamos perder e você é quem vai pagar.
— Deixa de ser marica e vamos. — Ariel já se levantava da mesa onde estavam sentados, puxando  Álvaro.
— Te falei. Se perdemos, quem paga é você. Tenho certeza que Inês não vai ficar feliz com a notícia de que você desperdiçou grana nessa aposta.
Ariel se aproximou dos universitários, propondo-lhes o jogo: estilo americano, uma partida seca, trezentos reais apostados. Os dois jovens se entreolharam. Contra esses “trintões” com ar de cansados e bêbados seria fácil demais. Aceitaram sem titubear.
As bolas já estavam postas sobre o feltro verde. Um dos jovens as organizou em uma forma triangular enquanto o outro se punha ao fundo, preparado para tacar.
Tac
Bolas de várias cores se moveram pelo feltro, deslizando silenciosas. Algumas se bateram, fazendo sons secos para depois, lentamente, se pararem. Começaram a jogar. Primeiro, tacadas simples, calibradas; depois, cada vez mais fortes, pretensiosas e difíceis. A Ariel e Álvaro, os restou ficar com as ímpares. Ariel meteu a primeira na caçapa. Os dois jovens derrubaram duas bolas, tendo mais sorte. Quando chegou a vez de Álvaro, tentou acertar uma bola que estava longe. Sem treinamento, a tacada saiu fraca, não conseguindo acertar na bola alvejada. Os jovens se olharam, sorridentes. Já sentiam os trezentos contos no bolso. Álvaro bebeu um gole da sua lata. Notou que naquele bar só existiam garçonetes — o que o pareceu estranho. Pouco depois chegou de novo a sua vez. A segunda bola foi melhor. Derrubou duas de uma vez.
— Uma dupla caída! — Ariel o deu um soco nas costas, comemorando. — Boa tacada.
Álvaro o olhou sorrindo, depois mandou outro gole da cerveja e se dobrou sobre a mesa. Estava concentrado. Tacou a bola branca ligeiramente para a esquerda, vendo-a ser docemente levada pela borda da mesa até chegar numa bola que estava perto da caçapa. Uma tacada perfeita. Os dois jovens se olham mais preocupados. Haveriam se enganado acerca daqueles trintões?
O jogo foi passando. Aos riquinhos, restava uma bola, enquanto a Ariel e Álvaro, duas. Era a vez de Álvaro. Respirando lentamente para não se afobar, pôs-se em posição para tacar. Não podia ser forte demais, senão a bola branca, no rebote, ultrapassaria o ponto certo para poder tacar na outra que restasse. Tacou. A bola foi em direção ao buraco. Álvaro não conseguiu respirar até ver a pelota sendo encaçapada. Yahoo! Havia conseguido, mas…
Mas…
A tacada tinha sido forte demais e a bola branca ultrapassara do ponto perfeito para a tacada final, ficando entre a última bola par e a onze. Os jovens, respirando aliviados, pensaram que, por fim, não perderiam aquela partida. Dessa posição era verdadeiramente um tiro impossível. Álvaro deu a volta na mesa. Estudou todas as distâncias. Difícil. Precisaria dar três golpes nas bordas da mesa com a bola branca antes de acertar a onze. Ademais, precisaria torcer para que a tacada fosse precisa a ponto de derrubá-la.
— Manda, mi amigo.
— Mas com três tabelas com as bordas?
— E daí? Se perdemos quem paga sou eu mesmo. — Ariel sorriu.
Álvaro segurou o taco com firmeza, ajustando-o. Inspirou, expirou. Tacou. A bola branca parecia voar sobre o feltro verde. Uma tabela. Lembrou-se de todas as vezes que jogou bilhar na adolescência. Duas tabelas. Ainda era possível se divertir; uma separação não era o fim de tudo. Três. Aqueles trezentos reais teriam de ser dele.... e nesse momento, a bola branca golpeou em cheio a onze, derrubando-a no buraco central.
— Centro! — Gritou Ariel. — Você é sortudo. Agora mandem a grana. — Olhou para os garotos derrotados.
Pegaram o dinheiro da aposta e pediram mais duas latas em comemoração. Riram-se da cara de espantados dos mauricinhos, sempre brindando em voz alta. Por fim, pagaram a conta e saíram.
— Só uma curiosidade... — Já estavam na porta do bar quando Álvaro quis fazer uma pergunta. — Onde você arrumou aquele livro? Quando você me deu, me senti ofendido, sabe… — Parou para respirar. — Achei até maldoso. Mesmo depois da separação me recusava a ler. Mas, ontem à noite, depois de mais uma imersão na depressão profunda, decidi dar uma lida.
— E aí?
— Admito que me ajudou, mas tem uma coisa que me está deixando curioso. — Pausou para coçar o nariz. — Quem é o autor desse livro? Busquei na internet e não tive nenhuma resposta nas pesquisas do Google. Quem é esse tal de A.R Cervantes?
Ariel sorriu mais uma vez, como se já esperasse aquela pergunta.
— Simples. Chegue em casa, olhe para a foto do autor. Imagine-o sem óculos e barba. Assim que o fizer, saberá quem é.
Após dizer isso, seguiu em direção ao seu Civic azul, mas no meio do caminho, algo o fez parar. Deu meia volta e gritou:
— Álvaro, espera. Quase me esqueço. Toma, pegue isso. — Entregou-o um envelope. — Só o abra quando chegar em casa, dale?
Dale.
Álvaro voltou para o seu apartamento, sentindo-se um pouco ébrio. Deixou as sacolas com as roupas novas em cima do sofá e se deitou. Pegou o livro que estava no criado mudo ao lado da cama, buscando a foto do autor. O que Ariel o havia pedido para fazer mesmo? Imaginar a pessoa da foto sem óculos e barba. No início foi difícil, talvez pelo efeito do álcool, mas depois, a imagem começou a ficar clara. Aqueles olhos sarcásticos...aqueles dentes amarelados.
Custou a acreditar naquilo. Devia estar deveras bêbado. Lembrou-se do envelope que Ariel lhe entregara à porta do bar. Abriu-o. Uma carta se mostrou.

“Mi amigo,
Talvez você vá me odiar ao descobrir que eu sou o autor desse livro que você tanto desprezou quando o recebeu — devo dizer que isso me magoou profundamente hahaha.
Peço desculpas desde já.
Porém, essa carta não é um pedido de desculpas, mas sim um presente meu e da Inês para você. Aqui deixo o localizador de uma passagem de ida e volta para Sevilha para nos ajudar com a mudança e a montar os armários. Achou que iria fugir dessas chatices? Pois se enganou. Partimos em cinco dias.
Um abraço.
Localizador: B6YVVY
P.S: Pense nesse presente como uma forma de fazer o passo 4 desse livro.”

Fechou a carta, guardando-a no envelope. Álvaro se deitou e, antes de fechar os olhos disse: tu eres un gilipollas.
(...)
Passo 4: Faça uma Viagem

A janela estava aberta. Nuvens tingidas de laranja se viam abaixo, brandas e infinitas. O sol se punha ao oeste. Deviam estar sobrevoando o Atlântico há horas. Não podia crer. Estava indo para a Espanha. C-27, esse era o seu assento no avião, fila da direita, do lado do corredor. Uma bela aeromoça o sorriu enquanto passava perto dele. Perto demais. Parecia enviada por uma citação de um poema da conclusão de As Mil e uma Noites: “Ela vem como a lua cheia em noites felizes…”  Ela tem um leve perfume adocicado, um uniforme perfeito. Caminha de cima a baixo no avião, sem problemas e preocupações.
“Ela vem como a lua cheia…”
Mas ele deveria tirar esses pensamentos da cabeça. Quais as chances de se encontrarem de novo fora daquele avião? Mínimas, para não se dizer nulas. Voltou os olhos para a janela, mesmo que estivesse um pouco longe dela, tentando tirar a aeromoça da cabeça. Era impossível. Ariel e Inês estavam nos bancos ao lado. Pareciam dormir. Um voo de mais de dez horas era, certamente, entediante. Se não fosse pela pequena tela, onde podia ver alguns filmes, teria se jogado do avião.
A aeromoça passou mais uma vez.
¿Quieres algo más para beber, señor?
Un jugo de durazno, por favor. — Falou, olhando os lábios pintados com um vermelho forte. Ela percebeu e, sorrindo, saiu com um andar rebolante.
— Um verdadeiro nhoque essa aí, não? — Uma voz grogue saiu do banco do lado. Ariel estava despertando.
— Nhoque?
— É assim que se diz na Itália.
— E o que você sabe da Itália se é espanhol?
Ariel riu. Sorte que Inês não o havia escutado. Voltou a fechar os olhos, deixando Álvaro sozinho com os pensamentos soltos. Deveriam estar chegando. Suas nádegas já não tinham mais posição para ficar no assento. Verificou o relógio. Eram 6:30 da tarde. Tinham mais quarenta minutos de voo, segundo o cronograma.
Aquí está el jugo, señor.
Agradeceu, evitando olhá-la no rosto. Enquanto bebia do suco, buscava algum filme interessante na tela que estava na parte de trás do banco da frente. 500 dias com ela. Não, já havia visto. Um dia. Também já tinha assistido — e odiado o final, ainda por cima. Por que a Anne Hathaway tinha de morrer? Continuou buscando: Bahubali. Era filme indiano e não tinha legenda e nem dublagem. O Ilusionista. O Dia Depois de Amanhã. 2012. Meia Noite em Paris. Por Deus, tinha mais filmes que no Netflix ali e todos ele já havia visto. Depois de buscar incansavelmente, decidiu assistir a um episódio de Grey’s Anatomy.
Pouco tempo depois, o avião se preparava para pousar.
(...)
O clima era agradável em Sevilha. O negro céu noturno estava limpo, anunciando que a manhã seguinte seria de sol.
Os familiares de Ariel os esperavam no desembarque, animados e sorridentes. Abraços saudosos e beijos na bochecha foram distribuídos. Álvaro foi apresentado a eles e, enquanto saíam do aeroporto, a bela aeromoça acenava para um táxi. Um bom presságio, pensou Álvaro. Gostava de pensar que poderia ser possível encontrá-la em algum lugar. Talvez até conversar com ela.
Chegaram à casa dos pais de Inês, onde estariam hospedados. Um apartamento próximo ao Parque del Alamillo. Ariel e a esposa haviam alugado o apartamento do andar de baixo.
Era um lugar espaçoso: três quartos, sendo duas suítes. A sala dava para uma sacada com vista para o parque. Álvaro conseguia imaginar aquele lugar aos domingos, com famílias fazendo piqueniques, namorados de mãos dadas, animais de estimação brincando. Seria bom morar ali. Os quartos estavam arrumados e, após rolar algumas vezes na cama, Álvaro pegou no sono.
A manhã seguinte foi destinada para a mudança. Os móveis da casa no Brasil haviam sido vendidos e, com o dinheiro que conseguiram, Ariel e Inês compraram mobiliário novo. Uma cama de casal, dois criados mudos, uma estante, uma mesa, um sofá e várias outras pequenas coisas foram enchendo o apartamento.
Não pararam para nada. Aos poucos, aquela bagunça de móveis foi se arrumando, dando um ar de “lar, doce lar” para aquele lugar. Álvaro se animou ao saber que à noite iriam a um pub para relaxar após o dia de mudança.
Ele não havia percebido, mas já não pensava em Daniele há uma semana. Talvez estivesse se curando; talvez fosse só porque estava longe. O fato é que Álvaro parecia renovado, um homem totalmente diferente do que vinha sendo nos últimos seis meses.
O que ele não sabia era que estava prestes a se encontrar com algo que o livraria, de vez, da depressão de haver sido deixado.
(...)
Merchant’s Malt House. O pub tinha dois andares e era diferente de todos os pubs que já havia ido. Tinha uma personalidade própria, fugindo daquele estilo irlandês, típico desses bares. As paredes eram vermelhas e verdes e mesas de madeira estavam distribuídas pelo local. Uma música tocava num volume agradável enquanto pessoas conversavam, intercalando as palavras entre os goles de Guinness e mastigadas em azeitonas.
Álvaro passava os olhos pelo local, quando sentiu uma cotovelada de leve nas costelas.
— Diagonal esquerda, junto a duas adolescentes que fumam. Nhoque.
De início ele não havia entendido, mas ao olhar na direção em que Ariel falara, viu uma bela moça. Ela parecia diferente com os cabelos soltos. E, com toda certeza, estava muito melhor sem o uniforme.
— Hoje é o teu dia de sorte, mi amigo. Quem diria que a gente veria essa mulher de novo? Quero dizer, quais são as chances de…
Ariel tagarelava, no entanto, Álvaro já não prestava mais atenção. Falaria com ela? Tinha algo a perder? Era lógico que não. E no final das contas, só seria uma conversa. Charlariam um pouco, bebericando seus drinks e inalando a fumaça dos cigarros alheios.
Deu um passo na direção dela. As suas mãos suavam frio. Dois passos. Reparou que ela tinha os cabelos aloirados. Como não o percebera antes? Três passos. Uma saia de tule branca combinava com a camisa estampada com flores cor de laranja. Quatro passos. Ela o viu. Mostrou os belos dentes brancos, perfeitamente encaixados. Retribuiu o sorriso, terminando o caminho em direção a ela.
Cumprimentou-a, estendendo a mão. “Hola, soy Álvaro”, disse, puxando assunto. Ela devolveu o cumprimento. “Hola, me puedes llamar ‘Ñoque’” e, piscando o olho, riu agradavelmente. Álvaro demorou a entender, mas, quando finalmente compreendeu, seu rosto enrubesceu.
Merda! Ela havia ouvido.
A moça, percebendo que ele ficara sem jeito, tranquilizou-o, dizendo que estava brincando e que já estava acostumada com tais apelidos dados a ela. Puxou assunto. Pelo menos ela havia simpatizado com ele. Gostou de saber que Álvaro trabalhava com publicidade. Contou-o que já tinha estado em mais de cento e cinquenta aeroportos ao redor do mundo e que passava menos de uma semana em casa. Quando perguntada de onde era, respondeu que era de Málaga, mas que a família estava morando em Sevilha mesmo.
Passaram três quartos de hora assim, rindo e conversando. Já estavam, ambos, na quarta rodada de Guinness e sentiam a ebriedade. Vez ou outra, Ariel e Inês passavam por lá, dando piscadelas que diziam mais do que palavras.
Ela fez menção de ir embora. Álvaro, com a ajuda do álcool, criou coragem e a pediu o telefone. A moça, pegando uma caneta, escreveu-o no punho dele. A sensação do toque dela era reconfortante. Agradeceu-a pela companhia e, enquanto a via ir embora, lembrou-se de que não sabia o nome dela.
Correu atrás dela, gritando-a. Ela se deteve, olhando para trás.
Perdona, pero no sé tu nombre. — Respira, arquejando. — ¿Me lo puedes decir?
Sí, por supuesto. Mis amigos me llaman Dani.
Um sorriso se desfez na cara de Álvaro. Inacreditável. Aquilo não podia ser verdade. Lembrou-se da Daniele que fora sua, mas que o traíra. Imagens de um passado destruído começaram a se remontar em sua mente. Eu não a quero, é certo, mas talvez a queira. É tão curto o amor, tão longo o esquecimento. Neruda estava certo. O esquecimento é um processo longo, mas que um dia, chega ao fim. E o epílogo desse esquecer dependia só dele. Sim. Dependia dele.
Voltando o sorriso ao rosto, ele perguntou.
Pero, dime ¿Cómo se escribe tu nombre?
Ela, sem entender o porquê, soletra: D-a-n-i-e-l-l-e.
¿Con dos L’s?
Álvaro sorriu. Havia um L a mais. Talvez essa letra sobressalente fosse equivalente à lealdade. Ele queria crer nisso.
Vale, muchas gracias.

E, enquanto ela entrava em um táxi, Álvaro percebeu que havia tido êxito nos passos para se reerguer dos chifres.